«Es de bien nacidos ser agradecidos», pero también «no hay peor sordo que el que no quiere oír». Una vez más, el refranero español es capaz de describir a la perfección las situaciones de la vida cotidiana. Y en esa encrucijada se encuentra el Atlético de Madrid desde hace varios años.
Simeone llegó el 23 de diciembre de 2011 a un Atlético en decadencia, sumergido en una racha de malos resultados, y a base de motivación e intensidad consiguió, esa misma temporada, proclamarse campeón de la UEFA Europa League. Ese mismo verano, añadió otro éxito al imponerse con autoridad al Chelsea en la Supercopa de Europa. La euforia se expandía entre la afición colchonera, que por fin veía un equipo reconocible, competitivo y orgulloso de su escudo.
Los logros siguieron: regreso a la Champions tras 17 años, Copa del Rey en el Santiago Bernabéu frente al Real Madrid, una Liga conquistada en el Camp Nou y la final de Lisboa, que rozó la gloria eterna. En apenas tres años, Simeone había transformado al Atlético de Madrid de equipo sufridor a candidato a todo. Era la revolución rojiblanca.
«De equipo sufridor a candidato a todo»
Pero la historia también se mide por lo que no se logra. Lisboa en 2014 y Milán en 2016 son cicatrices que nunca se cerraron. Ramos en el descuento y el penalti de Juanfran son los fantasmas que todavía persiguen al cholismo. Desde entonces, una Liga más, una Europa League y una Supercopa son el balance en más de una década. Notable, sí, pero insuficiente para un club que presume de codearse con los grandes.
El problema no es el pasado —que siempre será imborrable— sino el presente y, sobre todo, el futuro. El discurso de la intensidad ya no emociona igual, los fichajes millonarios no se traducen en títulos y el equipo da la sensación de vivir instalado en la excusa permanente: “acercarse a los de arriba”, discurso de segundón del Cholo que se traslada a los jugadores en el terreno de juego. La realidad es que el Atlético no se acerca, sino que cada año parece más lejos.
Simeone llevó al Atlético a un lugar impensable, pero todo ciclo tiene un final. Y hoy, más que un trampolín, el argentino se ha convertido en un techo de cristal que impide crecer. Seguir agradeciendo lo que fue no puede justificar lo que no será. Si el Atlético de Madrid quiere volver a aspirar a algo grande, necesita un nuevo líder, nuevas ideas y un cambio de rumbo. Porque, mientras Simeone siga en el banquillo, la gloria seguirá siendo un sueño imposible.

