El fútbol español vive instalado en una paradoja. Sobre el césped, sigue teniendo clubes históricos, estadios llenos y una tradición competitiva que pocos países pueden presumir. Pero en los despachos, donde realmente se mide la fuerza de una liga en el siglo XXI, la Liga se está quedando rezagada. Y lo peor: lo hace sin remedio a la vista.
El mercado de fichajes de este verano ha sido el reflejo más claro. Mientras en la Premier League se gastan cifras obscenas por jugadores que en ocasiones ni siquiera serían titulares en nuestros equipos punteros, en España los clubes se conforman con cesiones, apuestas a coste cero y fichajes de perfil medio. No es casualidad: es la consecuencia de años de mala gestión, deuda acumulada y un control económico tan férreo que parece más una soga que una herramienta de futuro.
La realidad es que la Liga ya no es capaz de competir económicamente con Alemania o Italia y, mucho menos, con Inglaterra y Arabia Saudí, que ha irrumpido como un comprador insaciable. Mientras tanto, los aficionados españoles ven cómo año tras año se marchan jugadores de nivel y llegan recambios que, con suerte, son promesas por desarrollar. El brillo de antaño se apaga.
La Liga se está quedando rezagada, y lo hace sin remedio a la vista.
¿Dónde queda entonces el discurso de “la mejor liga del mundo”? Fue cierto durante los años de Cristiano y Messi, pero hoy suena vacío. La competitividad se reduce, los equipos medianos apenas tienen margen de maniobra y hasta clubes históricos como el Sevilla sobreviven mirando al límite salarial con miedo a pasarse en un millón de euros. Un contraste doloroso con lo que ocurre al otro lado del canal de la Mancha, donde incluso el colista de la Premier tiene más poder adquisitivo que la mayoría de clubes españoles.
La consecuencia está clara: menos talento, menos atractivo internacional y un futuro incierto. Si no se toman medidas urgentes, la Liga corre el riesgo de convertirse en un campeonato secundario, incapaz de retener a sus estrellas ni de ofrecer a sus aficionados el espectáculo que merecen.
Lo triste es que no hablamos solo de dinero, hablamos de prestigio perdido. Y recuperarlo costará mucho más que lo que se ha dejado de gastar en este mercado.

