Cuando más ilusión despierta la nueva temporada, el fútbol de selecciones vuelve a cortar el ritmo y aumentar los riesgos.
Arranca la temporada, los estadios vuelven a llenarse, los aficionados recuperan la ilusión después de un verano de fichajes, rumores y previas… y, de repente, cuando la liga apenas ha echado a andar, llega el parón de selecciones. Un frenazo en seco que corta el ritmo competitivo y, sobre todo, la ilusión del hincha.
Porque no se trata solo de que se dejen de jugar partidos de liga durante dos semanas, se trata de que, justo cuando el fútbol de clubes empieza a coger vuelo, nos arrebatan esa rutina de fin de semana que tanto esperamos.
Ritmo roto y rodaje interrumpido
Los equipos necesitan semanas de trabajo y partidos seguidos para engrasar sus ideas, consolidar automatismos y poner en forma a sus jugadores. Pero el calendario actual obliga a un “stop” cuando el motor apenas se está calentando. ¿Cómo se supone que un nuevo entrenador, o un vestuario lleno de fichajes, puede construir una identidad sólida si cada tres jornadas hay que mandar a media plantilla a viajar por el mundo?

El riesgo de lesiones
Y luego está el gran miedo: las lesiones. El aficionado del club ve con angustia cómo sus jugadores vuelan miles de kilómetros para disputar partidos amistosos o clasificatorios que podrían haberse organizado de otra manera. El resultado: futbolistas fatigados o lesionados al volver al club que les paga, y proyectos deportivos condicionados por un calendario que no piensa en el jugador ni en el hincha de a pie.
¿No hay alternativas?
Claro que las hay. ¿Por qué no concentrar todos los compromisos de selecciones al final de la temporada? Una vez terminadas las ligas, los jugadores podrían disputar de forma seguida todos los clasificatorios previos a torneos internacionales. Sería un calendario más lógico: los clubes trabajarían sin interrupciones y las selecciones tendrían su propio espacio, sin estorbar ni dañar el producto más consumido, el fútbol de clubes.
El aficionado, el gran olvidado
El fútbol moderno no deja de recordarnos que lo último que importa es el aficionado. El parón de selecciones es un ejemplo perfecto: cortan la ilusión de millones de hinchas justo cuando empieza lo bonito, priorizando contratos televisivos y compromisos federativos.
El fútbol necesita un calendario que piense en el aficionado. Y eso empieza por acabar con unos parones que nadie quiere.

