El fútbol es un deporte colectivo, pero cada año se repite la misma historia: debates interminables sobre quién debe ganar el Balón de Oro. Un galardón individual en un juego donde lo que realmente importa es el esfuerzo de once jugadores y el respaldo de toda una afición.
El problema no es solo la contradicción de fondo, sino cómo el premio ha ido perdiendo prestigio. Cuando el año pasado se lo negaron a Vinícius, después de haber sido el futbolista más determinante del Real Madrid y decisivo en Europa, quedó claro que el criterio no siempre es futbolístico, sino mediático y de conveniencia.
De la élite a la confusión
El Balón de Oro fue sinónimo de excelencia cuando lo alzaban jugadores como Cristiano Ronaldo o Leo Messi, cuya rivalidad marcó una era irrepetible. Eran galardones indiscutibles: goles, títulos, liderazgo… la cima absoluta del fútbol mundial.
Hoy, en cambio, el premio parece haberse desvirtuado. La edición de ayer lo demuestra: Ousmane Dembélé fue el elegido con merecimiento, pero, ¿de verdad alguien cree que su nivel está a la altura de los antiguos reyes del galardón?
Un premio que sobra en un deporte de equipo
Más allá de nombres, lo preocupante es que el fútbol se ha dejado arrastrar por un marketing que premia al brillo individual por encima del colectivo. ¿Qué valor tiene un Balón de Oro cuando los títulos los levantan los equipos? ¿De qué sirve si año tras año se discute más sobre quién fue injustamente ignorado que sobre quién realmente lo ganó?
Hora de darle la vuelta
Si de verdad se quiere premiar la excelencia, debería hacerse desde una visión colectiva: el equipo del año, la sociedad más letal, la defensa más sólida… algo que represente al fútbol en su esencia.
Mientras tanto, el Balón de Oro seguirá siendo lo que es hoy: un galardón cada vez menos respetado, que vive más del pasado de Cristiano y Messi que de la credibilidad presente.
Porque lo que está claro es que, en 2025, el Balón de Oro ya no brilla como antes.

